viernes, 30 de mayo de 2014

Mucho más que una gaseosa

La ciudad situada en el mismísimo Amazonas es una de las 12 en donde se jugará

A pesar de ser una de las 12 sedes con menos cantidad de partidos en el Mundial Brasil 2014 (solo cuatro en la fase de grupos), Manaos es una de las localidades de más crecimiento en los últimos años. Es la capital del estado de Amazonas ubicada en el medio de  la selva y situada al norte del país.
Manaos comenzó siendo un pequeño fuerte hecho en piedra y barro, y cuatro cañones llamado Forte de São José da Barra do Rio Negro, para proteger la parte norte de la colonia del Brasil a favor de los portugueses, desempeñando ésta función durante 114 años. En las cercanías del fuerte habían varias tribus indígenas y por la influencia de los portugueses, ayudaron en la construcción del fuerte.
Manaos ofrece un clima húmedo y muy caluroso, siendo la temperatura media anual de 27°. En la época de lluvias se pueden hacer recorridos por los brazos que se forman y que desaparecen en la estación de seca.
Manaos también tiene su ambiente cultural y el mejor exponente de ello sin duda es el Festival de Opera Internacional, y el “Boi Manaus”, una festividad tradicional que aglomera más de 200.000 personas en un solo fin de semana. También allí se lleva a cabo el Festival de Cine.
El Teatro de Manaos
Hoy en día la ciudad de Manaos es el centro comercial de la selva amazónica, conectada con los más importantes puertos del mundo a través de su intenso tráfico fluvial. La ciudad – universitaria desde el año 1965- cuenta con un importante museo histórico-etnográfico y un rico jardín botánico que exhibe especies endémicas. En Manaos se pueden adquirir excelentes artesanías indígenas, pero lo que sin dudas atrae más a los visitantes es la Zona Franca. Allí se pueden comprar gran cantidad de productos importados libres de impuestos aduaneros.
 Manaos será la pequeña gran sede de este mundial. Está lista para abrirle sus puertas al mundo y no decepcionarlo.




viernes, 16 de mayo de 2014

Hoy la noticia es él

Hugo Ramón Mamaní, el canillita del barrio Las Acacias, nos cuenta su historia de vida en una nota de primera plana.

Tan responsable y sacrificado es con su trabajo que casi tuvimos que rastrearlo para pactar la entrevista. Claro, para Hugo Ramón Mamaní las prioridades están claras: Primero las tareas, después los flashes. Una vez que lo esperamos despierto en la puerta a que llegue (cual niño ansioso por el arribo de Papá Noel el 25 de Diciembre) accedió, muy amablemente, a contarnos su historia. Para leerla sentado en un bar, tomando un café mientras se come las medialunas.
 “Te mentiría si dijera que siempre quise ser canillita, como tanta otra gente uno hace lo que puede. Hay que llevar el pan a la casa ¿viste?”, comienza Hugo. A la hora de contar a lo que quería aspirar cuando era chico, no lo duda. “Como la mayoría de los varones, creo. Quería jugar al fútbol”, dice  y relata que pudo haberlo cumplido. “Jugué hasta 18 en Sportivo Guzmán. Era delantero. De hecho soy uno de los goleadores históricos de las inferiores del club, hice más de ¡70!”  Sonríe orgulloso el “negro”, apodo que le pusieron en sus épocas de jugador y que lo acompaña hasta la actualidad.
  Se pone un poco más serio cuando explica porque no llegó más lejos. “Como te digo: La plata no alcanzaba. Tuve que salir a ayudar a mi papá”. “Arranqué de albañil, colaborándole en las construcciones”, asevera. A continuación empieza, sin pregunta previa, a enumerar las distintas profesiones por la que pasó. Un curriculum importante teniendo en cuenta sus jóvenes 45 años. “Después fui plomero, gasista, mecánico, taxista y camionero”. Polifuncional, a full.
Es hora de hablar de la actualidad, de cómo llego a ser canillita. “Me lo propuso un amigo. Me dijo que sabía que andaban necesitando un repartidor por las casas y acepté”, comenta y explica la razón. “Básicamente por venía incluida la actividad física. Yo siempre fui una persona muy deportista que le gusta cuidar su cuerpo. El hecho de salir en bicicleta y estar horas pedaleando me ayuda a eso. Digamos que mato dos pájaro de un tiro”, ríe conforme. “Al principio te cuesta porque tenes que cambiar tu horario. No dormís más de noche. Yo salgo a las 2 de la mañana y estoy llegando a eso de las 7. Quedo fundido”, admite.
 Siguiendo por la misma rama, Hugo nos continúa caracterizando su trabajo. “Es muy solitario, cuando yo estoy en la calle no hay nadie. Por un lado es triste, el desierto de la ciudad no me gusta. Pero por otro sirve para desenchufarte de todo, para pensar, para reflexionar”. “No es común el hecho de brindar un servicio y no ver nunca a las personas a las que se lo das y acá pasa. Yo les dejo el diario para que ellos lo levanten después. Casi nunca hay contacto. Pero me acostumbré y me gusta”, finaliza Mamaní.
 A este trotamundos de los trabajos solo los que amanecen o los que trasnochan podrán verlo en acción. Si no, hay que esperar hasta la mañana para ver su trabajo cristalizado en aquel diario que leemos cada día. Siempre nos lleva las noticias a nuestras manos, era justo que hoy la noticia sea él.