Hugo
Ramón Mamaní, el canillita del barrio Las Acacias, nos cuenta su historia de
vida en una nota de primera plana.
Tan responsable y sacrificado es con su
trabajo que casi tuvimos que rastrearlo para pactar la entrevista. Claro, para
Hugo Ramón Mamaní las prioridades están claras: Primero las tareas, después los
flashes. Una vez que lo esperamos
despierto en la puerta a que llegue (cual niño ansioso por el arribo de Papá
Noel el 25 de Diciembre) accedió, muy amablemente, a contarnos su historia.
Para leerla sentado en un bar, tomando un café mientras se come las medialunas.
“Te mentiría si dijera que siempre quise ser
canillita, como tanta otra gente uno hace lo que puede. Hay que llevar el pan a
la casa ¿viste?”, comienza Hugo. A la hora de contar a lo que quería aspirar
cuando era chico, no lo duda. “Como la mayoría de los varones, creo. Quería
jugar al fútbol”, dice y relata que pudo
haberlo cumplido. “Jugué hasta 18 en Sportivo Guzmán. Era delantero. De hecho
soy uno de los goleadores históricos de las inferiores del club, hice más de ¡70!”
Sonríe orgulloso el “negro”, apodo que
le pusieron en sus épocas de jugador y que lo acompaña hasta la actualidad.
Se pone un poco más serio cuando explica
porque no llegó más lejos. “Como te digo: La plata no alcanzaba. Tuve que salir
a ayudar a mi papá”. “Arranqué de albañil, colaborándole en las construcciones”,
asevera. A continuación empieza, sin pregunta previa, a enumerar las distintas
profesiones por la que pasó. Un curriculum importante teniendo en cuenta sus
jóvenes 45 años. “Después fui plomero, gasista, mecánico, taxista y camionero”.
Polifuncional, a full.
Es hora de hablar de la
actualidad, de cómo llego a ser canillita. “Me lo propuso un amigo. Me dijo que
sabía que andaban necesitando un repartidor por las casas y acepté”, comenta y
explica la razón. “Básicamente por venía incluida la actividad física. Yo
siempre fui una persona muy deportista que le gusta cuidar su cuerpo. El hecho
de salir en bicicleta y estar horas pedaleando me ayuda a eso. Digamos que mato
dos pájaro de un tiro”, ríe conforme. “Al principio te cuesta porque tenes que
cambiar tu horario. No dormís más de noche. Yo salgo a las 2 de la mañana y
estoy llegando a eso de las 7. Quedo fundido”, admite.
Siguiendo por la misma rama, Hugo nos continúa
caracterizando su trabajo. “Es muy solitario, cuando yo estoy en la calle no
hay nadie. Por un lado es triste, el desierto de la ciudad no me gusta. Pero
por otro sirve para desenchufarte de todo, para pensar, para reflexionar”. “No
es común el hecho de brindar un servicio y no ver nunca a las personas a las
que se lo das y acá pasa. Yo les dejo el diario para que ellos lo levanten
después. Casi nunca hay contacto. Pero me acostumbré y me gusta”, finaliza Mamaní.
A este trotamundos de los trabajos solo los
que amanecen o los que trasnochan podrán verlo en acción. Si no, hay que
esperar hasta la mañana para ver su trabajo cristalizado en aquel diario que
leemos cada día. Siempre nos lleva las noticias a nuestras manos, era justo que
hoy la noticia sea él.
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